El pasado 2 de junio tuvimos el examen final del curso con base en la lectura de Liquidación del Nobel húngaro, Imre Kertész.
“Keserü trabaja en una editorial y ha recogido los papeles póstumos de B., su amigo escritor, que se ha suicidado. Busca entre ellos una novela inédita y se embarca sin esperarlo en la revisión de su propia vida. Es entonces cuando comienza a desvelarse también la historia detrás del escritor: su pasado en Auschwitz, sus historias de amor, sus obras inacabadas y la influencia que tuvieron sobre él los cambios políticos de finales de los ochenta”.
Espacio para la Experiencia Educativa del Instituto de Investigaciones Lingüístico-Literarias de la UV
miércoles, 4 de junio de 2014
martes, 13 de mayo de 2014
Exposiciones
Estamos en el camino final del curso. Los estudiantes han realizado muy buenas exposiciones sobre los temas asignados.
El próximo 2 de junio será el examen final.
El próximo 2 de junio será el examen final.
martes, 11 de marzo de 2014
Lecturas
Iniciamos el nuevo curso el 10 de febrero.
Hemos visto hasta ahora un poco de historia para contextualizar nuestras lecturas y ayer, después de días de asueto, tuvimos nuestro primer examen de lectura: El libro de cuentos El tormento de los saquitos de cuero, de Heimito Von Doderer.
Nuestra próxima lectura es para el 7 de abril, leeremos la novela El último encuentro, de Sándor Márai
Hemos visto hasta ahora un poco de historia para contextualizar nuestras lecturas y ayer, después de días de asueto, tuvimos nuestro primer examen de lectura: El libro de cuentos El tormento de los saquitos de cuero, de Heimito Von Doderer.
Nuestra próxima lectura es para el 7 de abril, leeremos la novela El último encuentro, de Sándor Márai
sábado, 1 de marzo de 2014
El húngaro
El húngaro es el único idioma que el diablo respeta
Gustavo Patiño
El Malpensante
Diciembre, 2007
La frase que da título a esta nota la dice Chico Buarque en su novela Budapest, y yo, como José Costa, su protagonista, así lo creo. Durante largas semanas en el país más plano de Europa mi duro oído se ha tratado de acostumbrar a las interminables palabras del húngaro, a sus ásperas kas y ches, a sus abundantes sobreesdrújulas y a las 14 vocales (sí, 14), 31 consonantes (entre sencillas, dobles y combinadas) y 4 tipos de tilde.
Un amigo coincidió en una reunión con una búlgara, y ella le comentó que alguna vez le preguntaron si el búlgaro era aquel «idioma imposible». Ella, con total seguridad, dijo: «No, es el húngaro».
Pero ¿cuál es el problema con este idioma? Todo comienza con que el endemoniado húngaro no es de raíz indoeuropea, la antiquísima lengua madre que dio origen a más de 80 idiomas, entre ellos el latín –con sus nueve hijos– y el germánico, de donde provienen, entre otros, el inglés, el sueco, el danés y, claro, el alemán y hasta el islandés. A los húngaros les dio por hablar un idioma de base urálica, de la que sólo quedan tres lenguas: el húngaro, el estonio y el finés (o finlandés), que vienen siendo primos tan lejanos como el español y el rumano. Siendo así, uno prácticamente no reconoce ni una sola palabra, ni hablada ni escrita.
A esto vamos a añadirle que es un idioma aglutinante, es decir, va pegando letras y sílabas al final de las palabras para indicar lo mismo que en otras lenguas se hace con preposiciones y hasta con frases. Si quiero decir «en nuestra universidad», empiezo por la sustancia (egyetem), le agrego el posesivo (nk), aderezo con una vocal (ü) que permita «apoyar la lengua», como dijo mi profesora, y remato con la preposición (ön), todo en el mismo bocado: egyetemünkön.
Pero resulta que esas letras que se van pegando no sólo dependen de lo que uno quiera decir, sino también de las vocales que hay dentro de la palabra, porque para los herederos del rey san Esteban es de mal gusto combinar la a con la i o la e con la o, y como tienen 14 vocales, pues hay de dónde escoger. Entonces, realmente los sufijos se triplican, aunque signifiquen lo mismo: la k al final indica plural y debe ir precedida de la vocal «justa y armónica»; así «hermano» es testvér y «hermanos» es testvérek, «casa» es ház, pero su plural no es házek, sino házak, porque en el singular hay una a, y «médico» es orvos, con su plural orvosok.
Ahí no para la cosa, el húngaro ¡conjuga los infinitivos! ¿Acaso el infinitivo no es precisamente el verbo sin conjugar? Pues en húngaro no. Mejor dicho, en español usamos el mismo infinitivo sin importar la persona, ni el número, ni el tiempo de los otros verbos: «tengo que estudiar», «vas a estudiar», «ella quería estudiar», etc. Pero en húngaro cada persona tiene su propio infinitivo (egoístas ad infinitum): «estudiar» se dirá tanulnom en primera persona, tanulnod en segunda y tanulnia en tercera del singular.
Y encima, cuando ya no es el infinitivo sino el verbo conjugado («compro», «compras», «compraremos»), el húngaro también tiene sus propias formas que, como decía, no dependen sólo de «yo», «tú», «nosotros», sino también de las vocales que tenga el verbo y, además –por que hay más– dependen de si lo que viene es un objeto definido o indefinido, pues a los «llaneros de Europa» les gusta anunciar con la debida anticipación si van a ser precisos o imprecisos.
Igualmente, los orgullosos descendientes de Atila –dicen que fue enterrado en el lecho del río Tisza– se preocupan de si el que habla y el que escucha están solos o acompañados: no es lo mismo decir «adiós» si me despido de una persona (szia), que si me despido de una pareja o de un grupo (sziasztok), y no es lo mismo dar las gracias si estoy solo (köszönöm) que si otra persona me acompaña (köszönjük), aunque a ella no le hayan hecho el favor...
Pero la lengua de Márai y de Kertész tiene al menos dos ventajas: en términos generales, se pronuncia tal como se escribe (el gran lío del inglés) y todas las palabras se acentúan en la primera sílaba, lo que soluciona el problemita de las tildes que tenemos en español. Así, los símbolos sobre las vocales no indican dónde va el acento, sino el sonido.
Pero si eso está a su favor, lo que va en contra son sus ¡45 letras! con diferencias absolutamente imperceptibles para el sencillo oído hispano. Yo trato de pronunciar las vocales y, según Erika, mi profesora y ahora esposa, siempre me equivoco porque pronuncio la a abierta donde debería ir la inconcebible a contraanterior, y la o corta donde debería sonar una diáfana ö intermedia vibrante simple (vaya uno a saber qué contorsión de lengua implica eso). Resulta que el secreto no está en abrir más la boca ni en juntar más los dientes, tampoco en pronunciar la letra durante un segundo más, ni siquiera basta con hacer descender la glotis; simplemente esos registros no están en mí, y máximo llegaré a una vulgar imitación que mi familia política habrá de soportar con serenidad.
Como nosotros, los húngaros tienen el sonido de la eñe y lo representan con ny, pero va cerrando sílabas e incluso llegan a la inverosímil doble eñe al final de una palabra: könny: «lágrima».
Podemos decir que formar los gentilicios es simple: tan sólo agregar una i al final. «Colombia» se escribe Kolumbia, y «colombiano», kolumbiai. Hasta ahí, fácil. El problema es que muchísimos topónimos que en todas las otras lenguas de Occidente son parecidos, aquí son únicos, empezando por el mismo nombre del país: Hungría en húngaro se dice Magyarország (magyar es la tribu primigenia y ország es «país de los»), Italia es Olaszország, Grecia es Görögország y Croacia es Horvátország, por ejemplo.
El húngaro le ha regalado al español seis palabras, de las cuales cuatro no nos sirven para nada, a menos que uno suela contar anécdotas del tipo: «El húsar se despojó de su chacó magiar antes de bailar una alegre czarda» (¿qué hace una «c» seguida de una «z» en español? Ni idea, pero ahí aparece en los diccionarios). Las otras dos palabras, en cambio, son muy comunes: «páprika» y «coche». La primera es el símbolo de Hungría y aparece, cómo no, hasta en la sopa. En cuanto a la segunda, ese sinónimo de «carro» que nos han querido implantar los doblajes mexicanos viene del húngaro kocsi y por extensión también la palabra «cochera», para no decir «garaje».
En contraprestación, nosotros le hemos dado por lo menos cuatro palabras al húngaro; las de siempre, las que el español les ha brindado a todos los demás idiomas: «vainilla», «toreador», «macho» y «conquistador» (suficientes para mi buena fama en las calles de Kiskunhalas).
Hace unos días, al comienzo de un viaje de 14 horas en carro (ésa es la distancia que hay entre «el Corazón de Europa» y la playa), mi pequeña sobrina me preguntó cuántas palabras sabía en húngaro. Como el viaje iba para largo, empecé, papel y lápiz en mano, a hacer la lista, y llegué a la muy envidiable cifra de 83 palabras (y en húngaro no se puede hacer trampa contando los diminutivos), las cuales, sumadas a las casi dos docenas que he aprendido desde entonces, indican que reconozco y casi pronuncio unas 108 palabras en húngaro. Así, a pesar de lo complicado que ha sido comunicarme aquí, esto significa que hablo más húngaro que la mayoría de colombianos juntos. Aún más, hablo más húngaro que el 99,78% de la población mundial y, por si fuera poco, me voy ganando el respeto del Patas, que no es cualquier cosa.
Sziasztok!
domingo, 10 de noviembre de 2013
Final del curso
Hemos llegado al final del curso. Como examen final tendremos la lectura y el análisis de Sin destino, novela del escritor húngaro Imre Kertész (Premio Nobel de Literatura 2002), novela publicada por primera vez en 1975.
“Después de Auschwitz y Buchenwald, Kertész se encontró en medio de un nuevo horror. Para el recién instaurado régimen estalinista de Hungría, él era hijo de un pequeño burgués, un intelectual, un decadente. Volvió a ser un enemigo: del pueblo, del Estado, de la redentora ideología oficial. Pero al menos no querían aniquilarlo físicamente.
Sobrevivió a trancas y barrancas: terminó la escuela secundaria, empezó a trabajar como periodista, y cuando en 1950 lo despidieron, sólo encontró trabajo en una fábrica. El año siguiente le tocó el servicio militar y, cuando en 1953 se reincorporó a la vida civil, se dedicaba a escribir piezas cómicas para un cabaret, letras de canciones bailables, y, ya en los años sesenta, algunas veces ejercía incluso como una especie de publicidad, inventando guiones, eslóganes y gags para el tipo de anuncios que podía existir en un país comunista que empezaba a coquetear con el consumismo.
Finalmente, a partir de los años setenta, se forjó cierta reputación como traductor, entre otros, de Friedrich Nietzsche, Ludwig Wittgenstein, Sigmund Freud, Hugo von Hofmannsthal, Elias Canetti y Joseph Roth. Pero el hecho de que fuese un traductor apreciado por los redactores de algunas casas editoriales de Budapest no cambió su esencial condición de marginado. Y eso que para esas fechas, a mediados de los años setenta, ya había publicado su primera novela.
Trece años tardó en terminar Sin destino, que luego fue rechazada por una importante editorial con fama de abierta y liberal. Su director, un judío, tachó a Kertész casi de antisemita. Finalmente, Sin destino se editó en 1975, pero su publicación no causó ni el más leve cambio en la vida de su autor: no se produjo revelación alguna, no atrajo la atención de la crítica, ni tampoco tenía lectores. Sólo algunos años después, un pequeño grupo de intelectuales se enteró de la existencia de esta obra capital de la narrativa contemporánea.
Por lo demás, su vida seguía transcurriendo en el mismo restringido espacio social y físico. Respecto a esta última circunstancia, cabe señalar que durante treinta y cinco años Kertész vivió en un piso de 29 metros cuadrados. Allí escribió -por las noches y en la mesa de la cocina- sus tres grandes novelas. La primera fue Sin destino. La siguiente, El fracaso (1988), que reconstruye, en una estructura compleja y de manera no del todo realista, sus vivencias durante la época estalinista. La tercera, Kaddish por el hijo no nacido, es de 1990 y su título revierte el sentido de una oración judía que, en su variante más conocida, se reza en homenaje de los padres muertos.
Sólo cabe añadir a este desolador repaso de la trayectoria de Kertész la etapa que siguió a la caída del muro de Berlín. Se volvió más productivo: publicó el dietario Diario de galera (1992), los relatos La bandera británica (1991) y Acta notarial (1993), los ensayos incluidos en Un instante de silencio en el paredón (1998) y el híbrido Yo, otro. Crónica del cambio (1997).
También es cierto que en esa década poscomunista, los años noventa, Kertész estaba algo más presente en la vida cultural húngara y empezó a vivir, incluso, con cierta holgura, gracias a su tardío descubrimiento en el extranjero, principalmente en Alemania. Pero nada cambió en lo esencial: seguía siendo un autor desconocido para la mayoría de los lectores, y no reconocido -o, incluso, rechazado- por las autoridades culturales húngaras, que a menudo intentaron impedir su incipiente carrera internacional.
Por ejemplo, cuando los convocantes de un importante premio alemán decidieron distinguir a un autor húngaro, barajando, entre otros, el nombre de Kertész, al consultar a un responsable ministerial magiar, se encontraron con la respuesta de que Kertész no sería el autor idóneo para ese premio, puesto que en realidad no es húngaro, sino judío".
lunes, 4 de noviembre de 2013
Exposiciones y lectura
El pasado 28 de octubre escuchamos las exposiciones de:
Ana Cristina Hernández y Sonia López, sobre Stalinismo y Kadarismo.
Clarissa Ramírez, sobre Bloque del Este.
Angelina Estrada y Omar Yavé, sobre la Guerra Fría.
Edgar Paul Tirzo, sobre Imre Kertész.
Anteriormente, expusieron Bladimir Barradas Luna Gómez y Montserrat Hernández Lomelí.
Y el día de hoy tuvimos examen de lectura de la novela El espejo ciego de Joseph Roth, y del artículo: "Joseph Roth. Los restos del desastre", del libro El imperio perdido de José María Pérez Gay.
Estudiantes exponiendo:
Ana Cristina Hernández y Sonia López, sobre Stalinismo y Kadarismo.
Clarissa Ramírez, sobre Bloque del Este.
Angelina Estrada y Omar Yavé, sobre la Guerra Fría.
Edgar Paul Tirzo, sobre Imre Kertész.
Anteriormente, expusieron Bladimir Barradas Luna Gómez y Montserrat Hernández Lomelí.
Y el día de hoy tuvimos examen de lectura de la novela El espejo ciego de Joseph Roth, y del artículo: "Joseph Roth. Los restos del desastre", del libro El imperio perdido de José María Pérez Gay.
Estudiantes exponiendo:
domingo, 20 de octubre de 2013
Joseph Roth
Terminamos de leer Mendel el de los libros de Stefan Zweig, una hermosa y conmovedora novela. Ahora estamos leyendo en clase El imperio perdido, el libro de José María Pérez Gay. La primera parte, "Viena: nuestro futuro anterior", la expusieron los estudiantes: Bladimir Barradas Lunagomez y Montserrat Hernández Lomeli. Muy buena su exposición.
La próxima lectura es El espejo ciego de Joseph Roth. En el libro de Pérez Gay leeremos el apartado "Joseph Roth. Los restos del desastre", su lectura nos servirá de contexto y conocimiento más profundo de la novela y del autor austriaco.
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| Zweig y Roth |
La mañana del 23 de mayo de 1939 Joseph Roth se dispuso a escribir, como todos los días, en la terraza del Café Tournon. Aquella primavera en París, meses antes de la Segunda Guerra Mundial, se recordaría como una de las más calurosas. Había terminado su último libro, La leyenda del santo bebedor, una historia escrita con la solidaridad del alcohólico que describe a un hermano, a un compañero del mismo destino (...) Esa mañana Roth presintió que no volvería a escribir. Su cuerpo era una ruina: tenía la pierna derecha casi inmóvil, los pies hinchados y una infección estomacal crónica. No soportaba la luz. Lo estremecía el dolor de cabeza. Lo recorrían calosfríos y sentía náuseas. El cognac era el responsable. Cinco años antes se había internado en una clínica para alcohólicos, pero después de cuatro semanas de terapia fracasó y volvió a beber con mayor ansiedad. Sus paseos se limitaron entonces a una sola calle, su pequeña república de Tournon.
Joseph Roth había conferido al Café Tournon el aire y la dignidad de los antiguos cafés de Viena. Su mesa fue el punto de reunión de muchas personas cuyo único interés era escucharlo. La fauna que entraba y salía del café se dividió en tres turnos: de las cuatro a las nueve de la noche se acercaban actores, periodistas, representantes del partido monárquico de Austria y exiliados; de las diez a las tres de la mañana llegaban los amigos íntimos como Soma Morgenstern y Jean Janés, quienes vivían con Roth en el hotel (el Hotel Foyot); escritores como Stefan Zweig, Ludwig Marcuse, Hermann Kesten y Ernst Toller. A partir de las tres de la mañana Roth bebía con Joseph Gottfarstein. Después de ocho o diez Suze a la mirabelle, mezcla de cognac y aguardiente, subía a su cuarto temblando y se echaba a la cama.
Después de un enfrentamiento en el café, ya en la tarde de ese 23 de mayo, Roth tiene que ser llevado al hospital Necker:
El hombre que llegó esa noche al hospital era un alcohólico incurable, de baja estatura y rostro congestionado. Había nacido en Galizia, provincia del imperio austro-húngaro, cumplia cuarenta y cinco aunque representara sesenta años. Le repugnaban la estupidez y la falsedad. Amaba el idioma alemán y veneraba la memoria del imperio perdido. Murió entre alucinaciones.Joseph Roth deliró durante doce horas y luego le sobrevino un paro cardiaco.Después de la Segunda Guerra Mundial desaparecieron los testigos y surgió la leyenda del suicidio. Desde entonces se ha querido ver en Roth a uno más de los escritores que, ante el avance del nacionalsocialismo, optaron por quitarse la vida. Aunque la psicosis alcohólica sea una lenta variante de la muerte voluntaria, nadie puede asegurar que Roth no hubiera salido con vida de una clínica con otras atenciones. Ante el peligro real de la conciencia y la lucha fascistas, Roth nunca perdió su actitud combativa. Cuando los ejércitos alemanes entraron a Viena, el escritor Egon Friedell se lanzó de un quinto piso. Al enterarse, Roth escribió el artículo "Contra los suicidas", en el que protestaba por la decisión de Friedell.
martes, 3 de septiembre de 2013
El ajuste de cuentas y Mendel el de los libros
Hemos terminado de leer en clase El ajuste de cuentas, de Tibor Déry. Nuestra próxima lectura es Mendel el de los libros, de Stefan Zweig.
viernes, 30 de agosto de 2013
Pareja húngara real
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Pareja húngara real: El rey Esteban I y la princesa Gisela
de Baviera.
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Fuente | Herencia cultural
jueves, 22 de agosto de 2013
Hungría y la Unión Soviética
Verdadera historia del choque brutal entre Hungría y la Unión Soviética en la piscina de waterpolo en los Juegos Olímpicos de 1956. A medida que los tanques soviéticos fueron suprimiendo levantamiento de los pueblos en Hungría, el equipo de water polo decidió dar a la población algo que celebrar por aplastar a los soviéticos en la piscina de waterpolo. Narrado por Mark Spitz esta maravillosa película, con mucho material de archivo, cuenta la historia de ese choque. Incluye entrevistas con los jugadores sobrevivientes y muestra lo que el pueblo húngaro pasó. El equipo dio a la gente en casa lo único que la URSS había intentado quitarle: Esperanza.
martes, 13 de agosto de 2013
Budapest, y Tibor Déry
En los cuentos que componen El ajuste de cuentas de Tibor Déry, que leemos en clase, hay varias referencias a Buda y a Pest. Muestro estas dos fotografías como referente visual para los estudiantes:
Fotos: Magda Díaz
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| Buda-Pest |
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| Buda-Pest |
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| El ajuste de cuentas |
Tibor Déry nace en Budapest (1894-1977), en el seno de una próspera familia de ascendencia judía. En 1919 se unió al partido comunista y sirvió en el infortunado gobierno revolucionario de Béla Kun, que cayó antes de final de año. Durante la mayor parte de los siguientes tres lustros vivió en el exilio, hasta su regreso a Hungría en 1935. Aunque en un principio fue bien considerado por el gobierno comunista de la posguerra, en 1953 Déry ya había sido expulsado del partido por las críticas a su política cada vez más represiva. Posteriormente apoyó al gobierno reformista de Imre Nagy y, tras la represión soviética de la revuelta de 1956, fue condenado a nueve años de prisión. Escritores de todo el mundo, entre ellos Albert Camus, Jean-Paul Sartre, E. M. Forster, Rebecca West y Alberto Moravia, se unieron en su defensa y en 1960 no sólo se le concedió la amnistía, sino que también pudo volver a publicar y a viajar con relativa libertad.
Fotos: Magda Díaz
martes, 6 de agosto de 2013
Transilvania
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| Transilvania |
Lo que en sentido amplio se denomina Transilvania, los territorios tradicionales de la Corona Húngara, que en 1920, tras el Tratado de Trianón,* pasaron a formar parte de Rumanía, son en realidad tres territorios históricos, la Transilvania propiamente dicha, el Partium (la zona noroccidental, fronteriza con Hungría en la actualidad) y el Banato (en la zona sur-occidental, que en parte se extiende también por Serbia). Es una zona multiétnica, con población húngara, rumana, alemana y de otras nacionalidades (gitanos, eslovacos, serbios), donde ha existido siempre una cultura y una tradición propia, con rasgos diferenciados de los del resto de Hungría (o, en la actualidad, de Rumanía).
(*Tratado de Trianón: Acuerdo impuesto a Hungría el 4 de junio de 1920 por las fuerzas aliadas vencedoras en la I Guerra Mundial en el que se dictaminó la entrega de Eslovaquia y Rutenia a Checoslovaquia, Transilvania y el Banato Oriental a Rumanía, y Croacia y el Banato Occidental o Voivodina a Yugoslavia. Hungría perdió casi 60% de su territorio. De 282 000 km² (1914) quedó 93 000 km² (1920)), de su población 18,2 millones (1910) no quedaron en Hungría 7,6 millones. 3,3 millones de 7,6 fueron húngaros).
Durante más de tres siglos, desde 1541 hasta 1867 (y con un breve periodo de excepción en 1848), el principado de Transilvania fue, de una u otra manera, independiente de Hungría, primero como un principado formalmente independiente, aunque vasallo de los turcos, luego en poder austríaco. Y este desarrollo diferenciado ha dejado su impronta en la cultura y especialmente en la literatura.
Ya en el siglo XVI-XVII hay una literatura transilvana que no tiene mucho en común con la de Hungría, centrada sobre todo en el género epistolar, donde destaca por ejemplo Kelemen Mikes con sus Cartas turcas (1717-1758). Después de la unificación con Hungría, por el Compromiso Austrohúngaro de 1868, la literatura transilvana se desarrolla dentro del marco de la húngara. De Transilvania son algunos autores clásicos de la literatura húngara tan destacados como János Arany, Endre Ady y otros.
A comienzos del siglo XX la cultura húngara en Transilvania vive un periodo de esplendor, no solo en literatura, sino en todas las artes, destacan distintos círculos culturales en Kolozsvár (Cluj-Napoca), Nagyvárad (Oradea), Nagybánya (Baia Mare) y otras ciudades. Así, cuando Transilvania deja de formar parte de Hungría, tiene una tradición propia en la que apoyarse a la hora de desarrollar de nuevo la literatura en lengua húngara.
Fuente | La literatura húngara en Transilvania
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